viernes, 26 de agosto de 2011


El nuevo comienzo la hizo tambalearse entre las llaves de exquisito ofrecimiento. Pero tras la primera tormenta, el rocío que abrazó el mundo calmó su sed. Era efigie, era estatua de sal en un lago de dulce superficie, fecundado de acuática vegetación. Bajo la nueva máscara el cetro de su poder adornaba su mano derecha, mientras la izquierda dibujaba palabras invisibles en el aire.

Cuando ella supo de su recién adquirida naturaleza, no volvió nunca más sus ojos hacia lo que quedó atrás, más allá de las puertas abiertas.

Ella, ella. Sal y reina, mármol modelado por el agua sumergida. Tablillas de plegarias bajo sus pies sagrados, misivas de su propio yo. Reina, reina. Soberana definitiva en su nuevo mundo de posibilidades.

Y en el pasado, al otro lado, solo un cenotafio vacío.

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